Cuando conversamos con alguien de algo que nos preocupa o nos tiene
muy afectados, a veces, sin darnos cuenta, cambiamos la forma de percibirlo y
por lo tanto cambiamos también la forma de vivirlo y de afrontarlo. Lo único
que podemos transformar es la percepción de lo que no podemos cambiar.
A veces, contamos algo nuestro a alguien y nos sorprenden las lágrimas de forma espontánea, sin poderlas evitar, y según seguimos hablando van remitiendo y nos vamos dando cuenta que no era tan grave como lo percibíamos antes de contarlo, y la próxima vez que contamos lo mismo ya no lloramos, porque la percepción cambió en la anterior conversación.






